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‘Papá vuelve a casa’. Una historia de #Tócameelcorazón

Asociación Bipolar Madrid

 

Hoy os traemos la historia de una de las ONGs que ha participado en #Tócameelcorazón, la Asociación Bipolar de Madrid. Nos narran la conversación entre Adela y Jorge, una madre y su hijo que se dirigen en coche hacia el hospital a recoger a Alejandro, el padre de la familia.  Durante el trayecto, Jorge muestra una alegría incontrolable por volver a ver a su padre, que había tenido una crisis recientemente por dejar de lado su medicación.

Las ONG’s interesadas en participar en #Tócameelcorazón nos pueden contar su historia en formato de artículos de texto, fotos o vídeos a través del formulario de esta página, describiendo su causa desde un punto de vista general o poniendo el foco en un caso concreto en el que se recoja la esencia de su trabajo. Como han hecho desde la Asociación Bipolar de Madrid:

Adela abrió el coche con el mando a distancia y Jorge, ágil como una ardilla, se instaló en el asiento para menores, colocado en la parte trasera. Llevaba tiempo quejándose de por qué él, si ya era mayor, tenía que ir en una silla para pequeños.

– Jorge, ya lo sabes, hijo, hasta que no tengas doce años no puedes ir delante, aunque es verdad que te queda un poco pequeña. Recuérdame que mañana compremos un asiento elevador. Pero, también atrás, ¿vale?

– Vale mamá, soy un niño comprensivo.

– Ja, ja, ¿quién te ha dicho eso?

– Mercedes mi seño. Me lo dice porque siempre me porto bien y ayudo a todos.

Además, me ha nombrado juez de paz para el recreo. A mí y a Clara. Y cuando hay un problema, los otros niños nos lo dicen a Clara y a mí, y tenemos que hacer algo para arreglarlo y que no se peguen.

– ¿No me digas que Mercedes ha establecido ese sistema en clase? Jo, qué profe más democrática tenéis. Me alegro mucho hijo, me siento muy orgullosa de ti. Espero que no haya muchos conflictos que solucionar. Por cierto, ¿sabes dónde vamos?

– Bueno, unos cuantos, pero son siempre los mismos. No pasa nada.

Si mamá, dijiste ayer que te habían llamado del hospital, ¿no? ¿Ya va a salir papá?

– Eso es, corazón, vamos a buscar a papá.

– ¡Bien, bien!, ya tengo ganas de que vuelva a casa y podamos jugar a la play y salir a correr al parque.

– Vale, pues allá vamos.

Adela miraba al frente, atenta a la circulación en la autopista, mientras no podía evitar el cúmulo de sensaciones contradictorias que se le pasaban por su cabeza. La última crisis de Alejandro, su marido, no había sido la peor, pero él mismo se había dado cuenta de que tenía que recurrir a la hospitalización, para evitar males mayores. Después de un tiempo, estaría de nuevo en casa para reiniciar el proceso de reincorporación a la normalidad, a esa eutimia que tanto desea.

Se había sentido muy bien en el trabajo, en el gimnasio, corriendo en el parque con Jorge, en su relación con Adela, todo perfecto, su vida centrada. Equilibrado, por fin. Quizás esta sensación de felicidad le indujo a pensar que no tenía necesidad de la medicación y la había dejado de lado. En pocos días comenzó a sentir que se estaba disparando –como decía él – no podía dormir, tenía una sucesión inagotable de maravillosas ideas para la empresa; hablaba demasiado deprisa, sin dejar intervenir a los demás; quería cambiar de coche sin necesidad y, lo que suponía el mayor desequilibrio para él, comenzó a discutir de forma absurda con Adela y exigía a Jorge esfuerzos físicos que un niño de ocho años no tiene capacidad de llevar a cabo.

Adela comenzó a llorar y las lágrimas le empañaban la visión de la carretera. Se pasó el dorso de la mano derecha por los ojos.

– ¿Por qué lloras mamá? ¿Te acuerdas de que soy juez de paz y puedo arreglarlo?

– No es nada, cariño, es que el sol me da en los ojos y me molesta.

– Pues ponte las gafas de sol.

– Si, eso haré.

– Mamá, ¿papá ya está curado?

– Bueno, ya sabes que papá tiene una enfermedad que, por ahora, no tiene cura, pero si se cuida bien y toma las medicinas, puede estar perfectamente, ir a trabajar, estar feliz con nosotros y hacer todo lo que quiera.

– Ah, genial. Pues habrá que ponerle las medicinas con el desayuno, como hace la abuela con el abuelo, que también se le olvidan.

– Eso es. ¿Sabe usted, honorable juez de paz, que va a tener que ayudarme con su papá de usted en alguna cosilla?

– Ja, ja, ja qué forma de hablar. ¡Claro, mamá, va a molar un montón! ¿Qué tengo que hacer?

Adela sonrió y, a través del espejo retrovisor, observó, en una fracción de segundo, la cara de chico listo y cariñoso que mostraba Jorge. Un revuelo de emociones se le presentó de repente en su cerebro, en su corazón y hasta en su tripa. Qué suerte de hijo, –pensó– le adoro.

– Te cuento. La trabajadora social del hospital y una compañera de la oficina, me han hablado de una asociación para personas afectadas por el trastorno bipolar y puede que a papá, y también a nosotros, nos viniera bien ir a las actividades que hacen allí, ahora cuando salga del hospital.

– Si, vale. Y, ¿allí va a haber niños?

– Bueno, es una asociación para gente mayor, para que vayan los familiares y los afectados a participar en actividades que les ayuden a recuperarse, relacionarse y…

– Vale –interrumpió ansioso el niño– lo pillo, entonces ¿qué tengo que hacer yo?

– Pues… ayudarme a convencerle de que es bueno que nos hagamos socios y de que acuda a las actividades que hagan y le puedan venir bien.

– Vale, por mí, genial. Yo también quiero que se cure del todo. Y, ¿qué cosas puede hacer allí papá?

– Pues según me han contado, hay conferencias de doctores, terapias con psicólogos, taller de radio, yoga, mindfulness…

– ¿Hacen programas de radio? Mamá, ¡yo también quiero! Y, eso de mainnosequé que has dicho, ¿eso qué es?

– Pues es una técnica para centrarse en lo que estás haciendo, en el presente, prestar atención, relajarse, muchas cosas.

– Pues eso es lo que necesitamos en clase para muchos niños, sobre todo para Rafa, que no para. Se lo voy a decir a Mercedes.

– Si, desde luego.

También hay talleres de pintura, de poesía, editan revistas con dibujos y textos de los socios… Y hasta tienen su página web y editan una revista que se llama Vaivén. Un nombre muy adecuado, ya ves.

– Jo mamá, qué pasada, eso parece un cole que mola mazo. Mira, con tal de que no haya exámenes, ni notas, ya me vale. Y, ¿dices que no admiten niños?

Adela no pudo aguantar la risa y soltó unas cuantas carcajadas que tenía retenidas desde hacía un par de semanas, sintiendo la liberación de aquella opresiva sensación en el pecho, que la agobiaba desde entonces. Desde la crisis de su querido Alejandro.

Tuvo que frenar en seco. Había perdido ligeramente la atención del pesado tráfico de aquella hora en la gran ciudad y por poco se tocó con el coche que circulaba delante. Dentro del vehículo se sintió la sacudida del frenazo y el consiguiente efecto de la inercia.

– ¡Mamá, cuidado que nos damos una torta! ¡por poco me salgo de la silla!

– Ves, lo que te decía antes sobre la seguridad de los niños en el coche, la silla y el

cinturón de seguridad, ¿comprendes?

– Vale, si, mamá, of course.

– Y eso de of course, ¿de dónde ha salido?

– De la clase de Silvia, que nos hace decir eso.

– Mamá, ¿cuánto falta?

– Ya llegamos. Un par de calles y estamos en el hospital

– Guay, ya me estaba cansando de estar aquí atado.

– Vale cariño, entonces, ¿quedamos que entre los dos convenceremos a papá de que

nos hagamos socios de la Asociación Bipolar de Madrid?

– Of course, mom!

– Ok, my son! Thank you!

Adela tiró un beso al aire y Jorge se lo devolvió de forma aún más ruidosa. Su mamá estaba contenta y eso era lo importante –pensó el niño– mientras miraba hacia los jardines del recinto hospitalario, en el que acababan de entrar.

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